Estás en tu habitación viendo sin interés la televisión, mirando de reojo y de cuando en cuando tu teléfono celular, pero sin animarte a iluminar la pantalla; te acurrucas, miras sin ver un punto fijo y en cuanto sientes la vibración que precede al timbre que te indica la existencia de un mensaje nuevo, saltas para tomar el aparato y encenderlo. ¡Un mensaje, al fin!
Recibir mensajes de la persona en la cual estás pensando (y otras que no piensas tanto) siempre es un alivio para el temor de ser olvidada o dejada de lado. Un saludo, un estúpido emoticon, una pregunta, cualquier mensaje por pequeño que sea es perfecto.
Pero siempre debe haber reciprocidad, ¿quién dice que eres tú la única persona con ese sentimiento de esperanza?
La montaña rusa, el interés y los textos
A veces me es difícil contestar los mensajes, pero usualmente lo hago de manera rápida, pues me gustan las respuestas al instante, denota interés y el interés lo es todo (hablando de una manera sana). Y sé que a muchas nos pasa.
Haciendo un recuento de esa bonita y a veces no tan agradable experiencia de recibir mensajes de texto, a más de una nos ha pasado esto... o algo similar:
Al principio él te envía mensajes todas las mañanas: "¿Cómo estás?, ¿cómo amaneciste?", también envía por las tardes y por último se despide de ti en las noches. ¿No puede haber algo más bonito? Aquí es donde entra la reciprocidad, contestas rápido y envías mensajes cuando ya tiene rato de no compartir ni una sola palabra.
Pasan los días, una frase en el lugar correcto, dicha de la manera idónea, hace maravillas: "Hoy pensé en ti", y automáticamente tú empiezas a pensar MÁS en él, inevitable.
Los días pasan, los mensajes van disminuyendo: "Lo siento, tuve mucho trabajo", "tuve que salir", "vinieron mis amigos"... comienzas a pensar que el interés por su parte no era real, sólo una fantasía, un viento pasajero. A media noche suena tu teléfono: "¿Qué haces?"... es tonto, pero te forma una sonrisa. Tal vez esté aburrido o tal vez sí esté pensando en ti.
La tonta pregunta de la noche anterior te da lo que necesitas para tomar al toro por los cuernos y decidirte a dirigirlo todo. "Ahora seré yo quien envíe los mensajes", te dices a ti misma con total determinación y comienzas de inmediato: "Buenos días", "que tengas un buen día en el trabajo", "cuídate mucho", "¿ya comiste?", "descansa".
Pero entonces un puñetazo de indiferencia te golpea sin piedad y destruye toda decisión de intentarlo, de sacarlo a flote. Cinco horas para contestarte con un: "bien", "ok". ¿Eso es todo?, ¿en serio?
Respiras, viene el enojo. La furia se apodera lentamente de ti, las especulaciones, las venganzas estilo Tarantino vuelan por toda tu imaginación... ¿y si soy yo?, ¿y si es mi culpa? Entonces el arrepentimiento, la autoexploración, pero no encuentras nada. Obvio, casi nunca encontramos nada, pero es normal.
Después de pasar días de angustia, de estar en primera fila de esa montaña rusa llamada "texto", el viaje te empieza a parecer de lo más aburrido y sin ver cuándo te bajas, sin más daño.
¡Mira! Te envió un mensaje. Él: "¿Cómo estás?"... tú: "Bien".
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