Cuando era niña las fiestas infantiles eran lo máximo: desde el glorioso pastel de cumpleaños hasta el último de tus amigos con regalo en mano. Ser el centro de atención era lo significativo, aunque en ese momento no me daba del todo cuenta. Verlos a todos reunidos divirtiéndose por mi música, por mi pastel, por mis dulces, por mí.
Al entrar a la secundaria busqué igualmente celebrar mi cumpleaños, ¿quién no lo desea? Es una fecha especial o al menos así te hacen creer los primeros años de vida, es recordar el día más importante de tu vida: tu nacimiento... pero el día más importante de tu vida les vale un bledo a los demás y me di cuenta de eso al entrar a la pubertad. La primera vez fue decepcionante esperar durante horas y que al final únicamente apareciera una de mis compañeras y mi tía, pero los siguientes años no fue sorpresa que todo se repitiera una y otra vez. Secundaria, preparatoria... a nadie le importaba, pero yo jamás lo demostré.
En la universidad pensé en darle una última oportunidad a eso de las celebraciones de cumpleaños, ¡oh sorpresa! Nada cambió, sola como un agujero negro.
¿En qué momento deja de importarnos tanto la gente? Un día especial para ti no lo es para nadie... más que para ti, pero, ¿y la empatía?, ¿y el supuesto apoyo?
Ser callada no me ayuda en nada. Claro que soy una persona dura y cuando algo no me parece lo digo de frente, pero al tratarse de dolor me quedo callada. El silencio es mi mejor arma... contra mi misma. ¿Cómo puedo exigirle a alguien ser feliz por mí?, ¿por mis motivos?, ¿no es eso egoísta? Y me pasa con todo... cuando me titulé nadie me felicitó, nadie lo supo, era un logro para mí... pero sólo para mí.
Acostumbrarse es fácil, sentirse cómodo es aún más fácil... lo difícil es enfrentar esos recordatorios de la aún existencia de tu corazón, de tus deseos intangibles y ansiosos por ser reconocida y amada... tal vez admirada un poquito.
No hay comentarios:
Publicar un comentario